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22 de agosto:

Juntos o separados

22 de agosto: Juntos o separados

Pablo era un niño muy creativo que tenía dos mejores amigos: Juan, el valiente, y Miguel, el inteligente. A los tres amigos les gustaba encontrarse en el parque y vivir montones de aventuras con sus juegos.

Un día, Pablo llegó tarde al parque y encontró a sus dos amigos discutiendo:

Yo soy el mejor amigo para jugar — dijo Juan. — Puedo ir con Pablo a donde quiera porque no tengo miedo de nada.

Yo soy el mejor en los juegos — replicó Miguel. — Puedo salir de cualquier trampa y soy yo quien resuelve siempre los problemas.

Al ver a sus amigos en aquella discusión tonta, Pablo decidió interrumpir:

¿Qué hacéis? ¿Por qué hay que pelear? Somos todos amigos y vamos a jugar juntos siempre.

Pero aquella frase de Pablo pareció dejar a los dos amigos más enfrentados, y comenzaron a preguntar a Pablo qué cosas le gustaban más en los juegos:

Pablo, ¿te gustó cuando nos sumergimos en el lago para cazar a aquel terrible monstruo marino? —Preguntó Juan.

¡Pero fui yo quien recordó que podríamos respirar bajo el agua si comíamos un poco más de algas! —Dijo enfadado Miguel.

Apuesto a que le gustó más cuando yo me di cuenta de que la cola del dragón estaba atascada en una cadena y que gracias a ello podríamos pasar por el techo del castillo. ¿A que sí, Pablo? — Preguntó Miguel.

¡Pero fui yo quien os dijo cómo escalar la pared! — exclamó Juan.

Y así siguió la discusión durante un buen rato. Cuando Juan hablaba de algo que él había hecho, Miguel añadía que él también había ayudado o aportado alguna otra cosa. Cuando Miguel hablaba de una de sus soluciones, Juan le recordaba que siempre era él quien las ponía en práctica.

Los dos estaban tan ansiosos por demostrar sus valores y hazañas, que ni daban tiempo a Pablo para responder. Hasta que al fin Pablo se cansó de la discusión y decidió interrumpir a sus amigos de nuevo, o aquella iba a ser una tarde de juegos horrible.

¿Es que no se han  dado cuenta de que todo eso sucedió porque estábamos jugando juntos, en equipo, y porque no estábamos enfadados? — Preguntó Pablo.

Y los dos amigos se miraron confusos. Ellos querían que Pablo eligiera a uno de los dos, por lo que no terminaban de entender la pregunta de su amigo.

Cuando necesitamos resolver un problema, —continuó Pablo— necesitamos a Miguel para descubrir qué hacer, pero sólo Juan tiene el coraje de afrontar los peligros y de ayudarnos a ejecutar mejor los planes de Miguel.

Entonces Juan y Miguel se miraron, todavía poco dispuestos a desistir de la tonta competencia que habían creado. Afortunadamente, Pablo tenía otra carta en la manga y sabía cómo hacer que sus dos amigos volvieran a jugar juntos:

No puedo escoger con quien me gusta más jugar porque me gusta jugar con los dos, — dijo Pablo firmemente— y si no podemos jugar todos juntos prefiero quedarme en casa.

En aquel momento Miguel y Juan pudieron ver que su discusión solo había servido  para alejar a su amigo y que habían perdido toda la tarde en pelear en lugar de  jugar y disfrutar.

Tienes razón, Pablo — dijo Juan entristecido. — Es mucho mejor cuando jugamos los tres.

Es verdad — añadió Miguel. — No es tan divertido cuando no estamos juntos.

¡Así es! — Exclamó Pablo muy contento. — Porque en la vida es muy difícil ser un buen mosquetero solitario.

Así, juntos los tres amigos, terminaron de pasar la tarde defendiendo su reino de todos los enemigos. Y de aquel día en adelante fueron siempre uno para todos y todos para uno.

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